EL RUIDO DEL SILENCIO


“La palabra es la hierba fresca y verde

que cubre los dientes del pantano…

la palabra disfraza…” José Saramago

 

Estruendo, estridencia inesperada. Un océano invisible o un mar intangible se había infiltrado por cada hendidura y grieta, inundando las casas y edificios de la Aldea. Se quedó y alojó allí un largo tiempo, entretanto, se devoraba y tragaba las palabras, cada una de ellas, extinguiéndose poco a poco. Como de caracoles muertos y almejas solitarias abandonadas al sol, quedaron solo conchas de líneas y surcos labrados, esculpidos en un alambique y cincel cósmico, con estrías laberínticas y embelesos de colores. Sólo perduró la corteza, la cáscara de las palabras. El resto (la dulce pulpa y meollo de las voces y vocablos), el océano invisible y el vasto mar, se las llevaron sigilosamente a las profundidades oscuras de su vientre lejano.

La mañana de un domingo de aquéllos y luego de amanecer, puntual a las siete, el estruendo, aquel sopor estridente, se apagó, se fue con el océano y el mar insondable.  Habían sido épocas de sueños e ideales postergados, sepultados ahora en la bruma y en la niebla de los años. Los hombres inmutables, intercambiaban gestos, señas convenidas, como trozos de huecas y vacías calabazas.

Silencio, sosiego obligado. La Aldea, que algún audaz gobernante bautizó como ciudad, se había trastocado en el devenir de un páramo latino: siluetas de antiguos y fragorosos talleres convertidos en bailantas abandonadas, algunos tímidos y trémulos jazmines del aire, flores y retoños sin aroma, ni color, y enhiestos, esforzados árboles, que después de muchos otoños, conservaban y resistían aún la orgullosa y digna compostura de su pertinaz hidalguía. Además (siempre habrá un además y algún porqué) quedó y subsistió, cruzando y desafiando al olvido, el cauce, el lecho polvoriento y las orillas de un río seco y porfiado, que abandonando la misión de su dulzura en una estela de sal, había partido y se marchó al desarraigo, sin destino de lago o de mar.

A duras penas y solo en algunos viejos discos de pasta, las voces y las palabras se resistieron a morir; recordaban y apelaban a la memoria, una y otra vez, por voluntad de algún nostálgico o loco melancólico, a la alegría del canto, a unas pocas risas y ciertas algarabías, a un llanto perdido, al grito o exclamación de un éxtasis añorable, a susurros seductores y suspiros subyugantes. Eran los sobrevivientes y únicos diminutos retazos de vida convertidos en reliquias de anticuario. Ellos no se doblegaron, ni se sumieron al océano del Silencio.

Pocos recuerdan y evocan hoy (pasados los años y épocas de plomo), cómo y cuándo fue, que el Silencio entró por las hendiduras y grietas de las casas e inundó el íntimo corazón de la Aldea. Y alojándose en ella, embozado de estruendo y estrépito inesperado, encarnó en nosotros,

                                                                                                              per saecula saeculorum

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