EPICURO


EL DIOS DE EPICURO

Soy un dios vulnerable,

toda esta Tierra pudo herirme:

con el desaire de una simple mujer,

con las urgencias de un verso,

con el Sol brutal bordando en las siestas.

Cuántos siglos he vivido?

Ya no me importa,

mi oficio es rozar pieles de hembras abatidas,

hasta las hendiduras del infierno,

hasta el núcleo del placer.

Camino por callejas antiguas,

haciendo  incómodo, el amor en los zaguanes,

con piernas ansiosas que abrazan mi cintura,

porque llueve tedio en el afuera,

y las veredas están vacías

de usureros, traficantes y proxenetas,

la úlcera parásita de las ciudades.

Las veredas son el territorio de zapatos con clavos,

y de dulces meretrices en las sombras,

mis fugaces consortes confidentes,

desperezándose de su esperanza en un amén eterno.

El Hombre nuevo, llega conmigo,

errante por la alameda de Santiago,

mirando las siluetas que engendran siluetas.

Ellas esperan que sea yo el que yo he sido,

después de un instante de ausencia, que es un siglo,

para las mujeres que he besado e elevado a los cielos,

que aún anhelan las tertulias de dedos entrelazados

sobre la mesa de algún café,

y la amable conversación de los muslos en la cama.

Busco,

muchachas inmaculadas, vestales culposas

por la humedad de sus sueños,

devotas del santo clítoris y mi cálido semen,

hieráticas compañeras de viaje

en el tiempo, ese orín del amor Infinito

del Hombre nuevo, que viene conmigo.

Ruben Thieme

Agosto 09, 2010.

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